
Hay trabajos que no siempre se ven, pero se sienten en cada bocado. Detrás de cada almuerzo, de cada mesa llena y de cada sonrisa, hay un grupo de personas que, sin buscar protagonismo, mantiene encendido el corazón de nuestra sede. Este artículo es para ellos: los que cada primer domingo de mes, hacen posible que nuestra casa brille con luz propia.
Mientras la mayoría llegamos al local sobre las diez, hay quienes ya llevan horas de movimiento y bromas entre fogones. Antes incluso de que amanezca por completo, el grupo de camareros —ya parte indispensable de esta gran familia— y algunos miembros del equipo de cocina comienzan a dar vida al local.
Desde antes de las ocho, los cuchillos marcan el ritmo, el aroma del café recién hecho se mezcla con el humo de la plancha y el chisporroteo del aceite acompaña las primeras risas del día. Se pelan patatas, se preparan paneras, se encienden fuegos y, sin darse cuenta, empiezan a preparar el almuerzo de siempre, ese que nos reúne y nos hace sentir que las fiestas se aproximan.









Con tantos años y cocinados a sus espaldas, este equipo se ha convertido en una auténtica máquina bien engrasada, donde cada engranaje encaja con precisión y cariño. Cada uno tiene su papel, pero todos se mueven al mismo ritmo, al compás de quien marca el paso entre los fogones: la gran jefa, Tere, la que —literalmente— más huevos toca de todo el grupo.
























A sus órdenes, el equipo se coordina con precisión para que nada falle. La fritura de los huevos, los ajos tiernos y las alcachofas sale siempre en su punto; las patatas se mueven entre freidora y perola con una destreza que solo dan los años; y la carne llega al fuego con el mimo justo para quedar jugosa, bien asada y sin rastro de carbón.
Además, como no podría ser de otra forma, antes de que nada salga de la cocina, todo pasa por un estricto control de calidad. Porque aquí no se sirve ningún plato sin antes superar las pruebas más exigentes.






Pero si algo define a este equipo no es solo su organización, sino su espíritu. Cuando hace falta una mano, nadie mira hacia otro lado: todos están dispuestos a ayudar, siempre con una sonrisa y un comentario que aligera cualquier esfuerzo.
Detrás de cada tarea, de cada plato y de cada detalle, hay manos expertas y corazones entregados. Manuel Gil, Francisco Galvañ, Juanjo Aliaga, Manuel Belda, Antonio Sánchez, Aniceto López, Pedro Vicente López, Juande Ochoa y Teresa Chico son piezas imprescindibles de esta maquinaria culinaria que hace que todo funcione a la perfección y, sobre todo, que cada almuerzo se llene de buen humor, compañerismo y sabor a familia.









Tampoco hay que olvidarse de quienes, a veces se dejan “liar” para venir, y lo hacen con la mejor de sus sonrisas, como Andrés Guardiola o Juan Pascual, que no dudan en echar una mano en cuando es necesario. Ni a los que en esta ocasión no pudieron unirse, pero siguen siendo pilares imprescindibles del equipo: Rafael Gil, Óscar Gimeno, Vicente Prieto, Braulio Sala e Iván Vicente.
Gracias por encender el fuego cada mes y recordarnos que el mejor ingrediente siempre es el corazón.
¡Vivan los Cristianos! ¡Viva San Blas!
